
La suspensión temporal de la quinta etapa de la Evaluación de Desempeño Docente por parte del Ministerio de Educación de la República Dominicana no es un hecho aislado ni un simple “fallo técnico”. Es la evidencia clara de una gestión que sigue apostando a la improvisación en procesos que no admiten margen de error.
Aquí no falló una plataforma. Falló la planificación. Falló la previsión. Falló la responsabilidad institucional.
Resulta inaceptable que una evaluación de esta magnitud —que define incentivos, permanencia y desarrollo profesional de miles de docentes— dependa de un sistema que colapsa en plena ejecución. ¿Dónde estuvieron las pruebas de estrés? ¿Dónde el plan de contingencia? ¿Dónde la garantía de que el proceso estaba listo para operar a escala nacional?
El problema es más profundo: el MINERD ha convertido la modernización tecnológica en un discurso político, pero no en una capacidad real. Se invierte en plataformas, sí, pero sin asegurar su funcionalidad en escenarios críticos. Y el resultado es este: docentes frustrados, procesos detenidos y credibilidad institucional en caída.
Suspender era inevitable. Pero también es una confesión implícita de incompetencia operativa. Porque cuando un sistema colapsa en el momento clave, no es mala suerte: es mala gestión.
Y lo más preocupante es que este tipo de errores no son nuevos. Se repiten. Se normalizan. Y rara vez generan consecuencias o rendición de cuentas.
El país no necesita más anuncios de “transformación digital”. Necesita instituciones que funcionen. Necesita procesos serios, auditables y confiables. Necesita respeto por el tiempo y la dignidad del docente.
Porque mientras el sistema falla, el mensaje que se envía es peligroso: que en la educación dominicana, ni siquiera evaluar se hace con rigor.
El autor: José Antoni Fernández Puello Educador | Periodista | Deportista
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