Editorial: Transformar la educación dominicana: la deuda que el país no puede seguir postergando

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En la República Dominicana hemos invertido más, construido más escuelas, ampliado la jornada escolar y repetido, casi como un mantra, que la educación es prioridad nacional. Sin embargo, la gran pregunta sigue intacta: ¿están nuestros estudiantes aprendiendo mejor?

La respuesta, aunque incómoda, es evidente: no lo suficiente.

El país enfrenta una paradoja preocupante. Por un lado, destina una proporción importante de su presupuesto a la educación; por otro, los resultados en aprendizaje — especialmente en lectura y matemáticas— siguen mostrando debilidades estructurales. Es decir, no estamos fallando en el gasto, estamos fallando en la forma en que organizamos el sistema educativo.

Y ahí está el verdadero problema.

Durante años, el sistema educativo dominicano ha operado más como una maquinaria administrativa que como un ecosistema de aprendizaje. Los docentes están atrapados en reportes, formularios y exigencias burocráticas que les quitan tiempo para enseñar. Los directores, en muchos casos, actúan más como gestores de trámites que como líderes pedagógicos. Y los estudiantes, que deberían ser el centro de todo, quedan relegados en medio de un sistema que funciona… pero no necesariamente educa.

Transformar esta realidad no es una opción. Es una obligación nacional.

El país necesita una reforma educativa profunda, pero no en el sentido tradicional de cambiar leyes o rediseñar currículos en papel. Se requiere una transformación real que toque lo esencial: lo que ocurre dentro del aula, el tiempo que el docente dedica a enseñar, la capacidad del director para liderar y la eficiencia con la que opera cada centro educativo.

La evidencia internacional es clara. Países como Singapur, Finlandia o Estonia no lograron sus resultados por casualidad. Lo hicieron organizando sus sistemas en torno a tres pilares simples pero poderosos: aprendizaje medible, docentes acompañados y gestión eficiente. En esos sistemas, el maestro no está ahogado en papeleo; el director no es un mensajero de órdenes; y la tecnología no complica, sino que simplifica.

República Dominicana debe aprender de esas lecciones, pero sin copiar modelos. Debe adaptarlas a su realidad, a sus desigualdades territoriales, a su cultura institucional y a sus desafíos sociales. La transformación debe ser dominicana, pero con estándares globales.

Y para lograrlo, hay decisiones que ya no pueden seguir posponiéndose.

Primero, hay que liberar al docente de la burocracia innecesaria y devolverle su tiempo pedagógico. Un maestro no puede ser más administrador que educador.

Segundo, hay que convertir al director en un verdadero líder escolar, con formación, herramientas y autonomía, pero también con responsabilidad por los resultados.

Tercero, hay que digitalizar el sistema educativo de forma inteligente, no para llenar más plataformas, sino para simplificar procesos, integrar información y tomar mejores decisiones.

Cuarto, hay que asumir la inclusión como una realidad, no como discurso, garantizando que ningún estudiante quede atrás por su condición social, económica o personal.

Y quinto, hay que entender que la educación no cambia cada cuatro años. Si la política educativa cambia con cada gobierno, entonces el país nunca tendrá un sistema educativo sólido.

Este es, quizás, el punto más crítico. La educación dominicana necesita continuidad, visión de Estado y compromiso más allá de intereses políticos coyunturales. No se trata de quién impulsa la reforma, sino de que la reforma se mantenga.

Porque al final, la educación no es un tema técnico: es un tema de desarrollo nacional.

Un país que no educa bien no crece bien.
Un país que no forma bien a sus jóvenes, compromete su futuro.
Y un país que pospone sus decisiones educativas, termina pagando el precio en desigualdad, pobreza y falta de competitividad.

La República Dominicana está a tiempo. Tiene recursos, tiene experiencia acumulada y tiene una sociedad cada vez más consciente de la importancia de la educación. Lo que falta no es diagnóstico. Lo que falta es decisión.

Y esa decisión no puede esperar más.

El autor: José Antoni Fernández Puello Educador | Periodista | Deportista
Formación. Verdad. Comunidad.
Impacto desde las aulas, los medios y la cancha.

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